El efecto Pigmalión: cuando nuestras expectativas también pueden abrir caminos

Una mirada neuropsicopedagógica a las expectativas, la percepción de competencia y los pequeños desafíos cotidianos para todos los públicos.

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9/17/20265 min read

Cuando hablamos del efecto Pigmalión solemos hacerlo pensando en las expectativas que otras personas depositan sobre nosotros. En educación, por ejemplo, es especialmente interesante observar cómo aquello que esperamos de un alumno puede influir también en nuestra manera de acompañarle.

Si pensamos que puede hacerlo, quizá esperamos un poquito más antes de ayudarle, le damos la oportunidad de intentarlo, buscamos otra estrategia cuando algo no funciona o confiamos en que, con los apoyos necesarios, puede avanzar.

Pero hace un tiempo, mientras aprendíamos sobre este tema, pensamos en algo que nos pareció especialmente interesante: ¿qué pasa con las expectativas que nosotros mismos hemos ido construyendo sobre quiénes somos y sobre aquello que somos capaces de hacer? Porque todos tenemos alguna.

“Yo para esto soy malísimo.'' O “Me da muchísima vergüenza.” O “Eso no es para mí.” O “Yo solo no voy.” O “Seguro que no soy capaz.” Y un largo etcétera. Y muchas veces llevamos tanto tiempo diciéndonos determinadas cosas que dejamos incluso de comprobar si siguen siendo ciertas.

No, no se trata simplemente de salir de tu zona de confort

No creemos que desarrollar nuestro potencial consista en obligarnos constantemente a hacer cosas que nos generan miedo, malestar o inseguridad. Y mucho menos en pensar que, si queremos algo lo suficiente, necesariamente vamos a conseguirlo.

Desde una mirada neuropsicopedagógica tenemos que tener en cuenta que detrás de una conducta pueden existir muchísimas cosas: experiencias anteriores, dificultades en funciones ejecutivas, ansiedad, características del neurodesarrollo, problemas de aprendizaje, dificultades sociales, baja percepción de competencia, miedo al error…

Por eso, ante un “no puedo”, quizá la pregunta que deberíamos hacernos es “¿qué está haciendo que esto sea tan difícil y qué necesitaría para poder dar un pequeño paso?”. Pero esto es muy difícil, lo sabemos. Y ese pequeño paso no tiene que ser espectacular.

Para un niño puede ser intentar empezar una tarea antes de pedir ayuda, preparar una parte de su mochila solo o atreverse a pedir participar en un juego.

Para un adolescente puede ser hacer una pregunta en clase, iniciar una conversación, apuntarse a una actividad nueva o empezar algo que lleva varios días posponiendo.

Y para un adulto puede ser hacer esa llamada que lleva semanas evitando, expresar su opinión en una reunión, ir solo a algún sitio, poner un límite o probar algo que siempre ha pensado que “no es para él”.

Lo importante es que el desafío sea importante para esa persona, no para quien lo observa desde fuera.

Un caso del curso anterior

Mientras preparábamos esta reflexión nos acordamos muchísimo de un caso con el que trabajamos el curso pasado.

Era un adolescente con una desmotivación académica bastante importante. Y una de las cosas que teníamos claras era que no tenía demasiado sentido quedarnos únicamente en “hay que estudiar más”, “hay que organizarse mejor” o “tienes que esforzarte”. Así que dentro de todo el trabajo que fuimos haciendo empezamos a introducir pequeños cambios que, aparentemente, tenían muy poco que ver con estudiar. Y cuando decimos pequeños, eran muy pequeños.

Un día podía probar a ir al instituto por un camino diferente. Otro día podía prepararse un desayuno o una merienda que no fuese la habitual. Durante la semana intentábamos que apareciera alguna actividad diferente. Y algún fin de semana, en lugar de levantarse muy tarde y mantener exactamente la misma rutina, podía probar a levantarse antes, salir a dar un paseo o ir a nadar.

Y claro, alguien podría pensar: ¿qué tiene que ver cambiar el camino al instituto con estar desmotivado académicamente? Pues caminar por otra calle no hace que automáticamente tengas más ganas de estudiar, evidentemente. Tampoco preparar un desayuno diferente. No buscábamos eso.

Buscábamos que empezara a encontrarse con pequeñas situaciones nuevas, que tomara decisiones, que iniciara cosas diferentes y, sobre todo, que fuera acumulando experiencias que rompieran poco a poco con ese “yo esto no lo hago”, “esto no es para mí” o “no me apetece probarlo”.

No hubo un cambio espectacular de un día para otro. Estas cosas normalmente no funcionan así. Además, sería poco riguroso decir que su evolución se debe únicamente a estos pequeños desafíos, porque formaban parte de un proceso de intervención mucho más amplio.

Pero sí fuimos viendo pequeños movimientos.

Y este curso tenemos a un adolescente que se ha apuntado a diferentes actividades y que está empezando a abrir caminos que anteriormente suponían una barrera importante para él.

¿Han desaparecido todas esas barreras? No. Pero ahora tiene experiencias propias que también pueden entrar en la conversación cuando aparezca el “yo no puedo”. Puede mirar atrás y pensar: “Bueno… esto también me costaba. Y al final fui capaz de dar un paso.” Y para nosotros ahí está una de las partes más bonitas de todo esto.

Porque no todos empezamos desde el mismo sitio

Hay algo que intentamos tener muy presente cuando trabajamos con niños y adolescentes y que creemos que también deberíamos aplicarnos los adultos: no podemos medir el esfuerzo de otra persona utilizando nuestra propia escala.

Para mí puede no significar absolutamente nada entrar sola a una cafetería. Para otra persona puede ser un reto enorme.

A un niño preparar la mochila solo puede costarle muchísimo. Un adolescente puede necesitar semanas para atreverse a entrar por primera vez a un entrenamiento. Y un adulto puede llevar meses queriendo decir algo en el trabajo y no encontrar nunca el momento de hacerlo.

Desde fuera puede parecer una tontería. Desde dentro, no.

Cada uno tenemos nuestras propias luchas, experiencias, inseguridades y, como nos gusta llamarlas, nuestras tormentas mentales. Y pueden aparecer en el colegio, en el instituto, en el trabajo, con nuestros amigos, con nuestra familia o simplemente cuando estamos solos con nosotros mismos.

Por eso un pequeño desafío no tiene que impresionar a nadie. Tiene que significar algo para ti.

Os proponemos un reto: Piensa en una cosa que llevas tiempo evitando, posponiendo o diciéndote que no eres capaz de hacer.

  • Y ahora no intentes conseguirla entera.

  • Hazla más pequeña.

  • Busca cuál podría ser el primer paso y prueba.

  • Después intenta no quedarte únicamente con la pregunta de siempre:

  • “¿Lo he conseguido?”

  • Pregúntate también: ¿Lo he intentado? - ¿Qué he necesitado para hacerlo? - ¿Qué ha sido más fácil de lo que imaginaba? - ¿Dónde me he encontrado la dificultad? Y sí, también: ¿lo he conseguido?

Porque conseguirlo importa y podemos celebrarlo. Pero si no ha salido como esperábamos, eso no significa necesariamente que el intento no haya servido. Quizá ahora sabemos dónde aparece la dificultad, qué apoyo necesitamos o que el desafío que elegimos era demasiado grande y tenemos que hacerlo todavía más pequeño. Eso también es conocernos. Y eso también forma parte del aprendizaje.

Nuestro propio Pigmalión

Quizá podemos utilizar el efecto Pigmalión como punto de partida para mirar también las expectativas que tenemos sobre nosotros mismos.

No desde el “si quieres, puedes”, porque la realidad es bastante más compleja que eso.

Sino desde: “Voy a darme la oportunidad de comprobarlo.”

Desarrollar nuestro potencial no consiste en demostrar constantemente hasta dónde podemos llegar. A veces consiste simplemente en ir descubriendo, poquito a poco, que podemos dar pasos que ayer todavía no dábamos.

Algunos serán enormes. Otros serán tan pequeños que probablemente nadie más se dé cuenta. Pero si para ti significaba atravesar una barrera, no era un paso pequeño. Así que te dejamos el reto. Elige uno.

No hace falta que nos cuentes cuál es si pertenece a algo que prefieres guardar para ti. Pero si te animas a probarlo, me encantará leerte después:

¿Lo intentaste? ¿Lo conseguiste? ¿Qué descubriste por el camino?

#LaImportanciaDelImpulso

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